miércoles, 24 de septiembre de 2025

Pausa inteligente

Nadie te puede hacer sentir mal sin tu consentimiento. Esta es una frase cliché, pero   verdadera, claro que aprenderlo toma años, incluso décadas. De hecho, algunos pasan toda la vida sin descubrirlo e incluso quienes lo sabemos no siempre somos hábiles para evitar las heridas emocionales que pueden generar algunos comentarios. 

Es increíble como la palabra más tonta puede despertar un malestar, abrirte una herida, empujar  una o varias lágrimas. Somos vulnerables ante las expresiones de otros, después de todo somos humanos, no máquinas. 

Alguna gente  no mide  lo que dice  y   terminan haciendo daño, la mayoría de las veces, involuntariamente. Particularmente creo que la imprudencia  al hablar no viene de la mano de la mala intención, más bien es producto de la ignorancia,  el poco criterio y las ganas desmedidas de dar una opinión que, la mayoría de las  veces, nadie está pidiendo. 

La única forma de protegerse es  hacer una pausa inteligente, detenerse antes de darle rienda a los sentimientos. Se dice fácil, pero no lo es. 

Evaluar y analizar las razones de nuestra molestia amerita de disciplina.

No creer ni en nuestros propios sentimientos en el primer instante en que se producen  es una práctica saludable que requiere trabajo.

Estamos acostumbrados a reaccionar, a sentir, no a pausar.  

El camino más corto para lograrlo es trabajar en la autoestima. 

 La gente inteligente hace pausas inteligentes. Sienten, pero reflexionan sobre sus sentimientos. 

 La seguridad personal es la clave.  

Una persona segura sufre muchísimo menos, cuenta con herramientas que el resto de la gente desconoce, tiene tanto amor propio que no vive buscando validación externa y por ende tampoco le prestará  atención a las observaciones ajenas. 

No está exenta del sufrimiento, pero puede manejarlo. 

Ser  seguro es sin duda muy difícil, quien diga lo contrario miente o confunde seguridad con ego, y no son sinónimos. 

La seguridad depende de uno, de la estima  que te tengas, más allá de tus circunstancias, el ego necesita el apoyo del mundo exterior, disfruta   los halagos y el respaldo ante cada circunstancia favorable, pero padecerá en extremo cuando algo falle.

Si queremos tener una buena vida y no sufrir debido a nuestras relaciones o vínculos lo mejor que podemos hacer es construir nuestra seguridad.

No  es fácil herir a una persona  que sabe lo que quiere, que se trata con amor, que soluciona sus problemas y  cuida  de sí mismo. Tampoco querrá herir a otros. Busca el bienestar aunque se equivoque mil veces. 

jueves, 11 de septiembre de 2025

Envenenarse

 

 

Odiar es un deporte altamente practicado por la mayoría.  Socialmente  se tiene como costumbre ejercerlo por razones triviales. 

Si alguien tuvo una actitud equivocada o cruel, algunas personas se sienten con licencia para desatar toda su ira. Dicen "no perdonar" con orgullo, y se llenan la boca alimentando un ego mal entendido que solo fomenta la discordia y la falta de paz interior. 

En nuestra sociedad (en tu calle, en tu país, en el mundo) se normaliza el rencor como una forma de arte. 

El internet es el escenario ideal para los odiadores de oficio,  tienen muchos más seguidores en redes sociales que quienes manejan un discurso neutro o de paz.  Ser noble  es un chiste para una mayoría que ven en esa postura una forma de exponerse ante la maldad de los otros. 

Algunos  aborrecen, incluso,  a quienes ni conocen. En redes sociales últimamente el ejemplo perfecto es el odio  a algunos artistas. Los  insultan con  ferocidad.

El odio es la enfermedad de esta época. 

El odio y su práctica  es el culpable de muchas muertes. Se fomenta a diario  en discursos políticos, en disputas triviales y tendencias irrelevantes. 

Pensar diferente no es motivo para asesinar a un ser humano. 

Muchos están tan preocupados por tener la razón que si para sostenerla tienen que liquidarte no les temblará el pulso. 

El odio es un error, el peor de todos.  

Es una enfermedad mental,  una práctica de gente poco inteligente que no puede analizar las circunstancias propias o ajenas con racionalidad. 

Nace de la debilidad de carácter, del miedo y puede que alcance a otros, pero fundamentalmente destruye a quien lo siente y lo lleva a la acción.