domingo, 17 de agosto de 2025

No amargarse la vida

 


Hasta en el peor de los momentos es necesario vivir con dulzura, suena cursi, pero tener un carácter dócil, resignarse ante las situaciones negativas nos permite no amargarnos y tener paz interior. Lejos de los lugares comunes y las frases hechas, tener “paz interior” significa simplemente   no molestarse permanentemente, con los otros, con el mundo, con las circunstancias o con uno mismo cuando la vida no es lo que esperas.
La mayoría de la gente o un gran  porcentaje  toma sus frustraciones y las convierte en la excusa perfecta para vivir encabronado. Como el personaje de Ricardo Darín en Un cuento chino (2011) algunos deciden convertir todo lo malo que les pasó en la motivación principal de sus vidas, pero para mal. Eligen envilecerse, odiar, agriarse el carácter,  transformarse en personas amargadas.
Según el Diccionario de la Real Academia Española la palabra “Amargado” puede definirse del siguiente modo: “Dicho de persona de carácter triste y resentido debido a frustraciones o disgustos”.
Tener un carácter triste o resentido es llevar una vida rabiosa, llena de ira o de lamentos, hacerlo es la prueba máxima de que se tiene una autoestima pobre y que estás dispuesto a tratarte a ti mismo rematadamente mal. Perturbado por circunstancias en las que, la mayoría de las veces,  no tienes injerencia. 
Hay gente amargada de todas las edades, sin embargo, cuando va pasando el tiempo, es mucho más fácil perder la tranquilidad y el optimismo, obviamente te van pasando situaciones no tan agradables. La capacidad para transformarlas puede evitar  muchos malos momentos, sobre todo interiores, con el carácter y la forma de ser. 
Envejecer bien es no volverse un amargado pase lo que pase, es mirar con  amor las situaciones desagradables y absurdas que se nos presentan o simplemente con resignación. Es decidir que el estado de ánimo y los sentimientos no puedan ser modificados por circunstancias externas, que son decisiones diarias.
Para algunos, por ejemplo, no perdonar a los otros es una prueba de fortaleza. Siempre he pensado que eso, es por el contrario, una muestra de debilidad, quienes piensan mal del prójimo, y viven sus vínculos desde la ira, incluidos los que ya no existen, terminan sufriendo innecesariamente y siendo bastante más infelices que el resto, pero no por lo que les ocurrió, por el discurso interior que deciden mantener ante lo que les pasó. 
Esto  no significa que nunca nos molestemos, que la ira es una emoción que no nos visitará, es perfectamente normal si pasa algo  negativo o si se tiene algún inconveniente, lo importante es no quedarse ahí, sobre todo porque uno no se lo merece. Merecemos paz, alegría, amor, felicidad de estar vivos, a pesar de las circunstancias.
 
Luisa Ugueto Liendo  

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